martes, 21 de junio de 2011

15. La trampa
 Otra vez la Federal contra la pareja. ¡No tiene nada mejor que hacer?

Se despertaron bruscamente en la Terminal de Córdoba, habían bajado ya casi todos los pasajeros, y el chofer presidía la entrega de bagajes frente a las alas levantadas que dejaban ver el vientre del vehículo. Todavía dormidos recogieron sus cosas y se dirigieron a la sala de espera, sintiéndose un poco réprobos expulsados del paraíso. Se ubicaron en un asiento de madera, y concordaron en que les convenía reservar los pocos pesos que les quedaban para llamar a Catamarca a primera hora de la mañana; habrían pasado la noche en la terminal. Los víveres se habían casi agotado; recuperaron dos pastelitos endurecidos y un paquete de criollitas. Fueron por turno al baño, y Hernán aprovechó para llenar de nuevo el termo de agua.
El cabo Carmona, de la policía provincial, era un padre de familia y un pedazo de pan de hombre. Paseaba su gran panza, sostenida por el correaje de la pistola, siguiendo discretamente los flujos y remolinos de personas, que raleaban a medida que avanzaba la noche. A pesar de la apariencia era un excelente policía; sus ojos, bajo la doble sombra de la visera de la gorra y de los párpados caídos, no perdían un detalle del caleidoscópico escenario.
A la una de la mañana hubo un repentino flujo de gente con el último pullman, cerró el café y el gran vestíbulo quedó casi vacío. Una gitanita se acercó a un viejo adormentado; Carmona, sin decir una palabra, la tomó del brazo, volvió a poner sobre el banco el bolsito que había robado, y la llevó a la madre gitana, parada cerca de la puerta con sus otros dos críos.
–“Hasta mañana”, le dijo la mujer con una mueca contrariada pero desafiante, tomó su hija de la mano y se fue. Carmona volvió, despertó al hombre, seguramente un chacarero del sur, y le aconsejó que parara en un hotel barato en los alrededores.
Quedaron dos cafishios, apoyados en la puerta del bar cerrado, un linyera que se quejaba entre sueños y los dos enamorados. Carmona los miró pensativo: esos estaban por hacer noche. Los proxenetas esperaban probablemente que sus mujeres les trajeran la recaudación de esa jornada, pero también ellos miraban a la pareja; si los dejaba hacer iban a encontrar el modo de llevarse a la muchacha, que era muy bonita, y casi con certeza escapada de la casa. Una así podía valer una fortuna en el circuito de la prostitución.
El cabo se les acercó despacio, hizo la venia y les pidió sus documentos. “Coronel Garizmendi queda cerca de la Capital, ¿no?”, dijo mientras observaba los datos.
–“Sí señor, en el Gran Buenos Aires”, contestó Hernán.
–“Un poco lejos de casa, ¿no les parece?”.
–“Sí señor, estamos de viaje. Mañana por la mañana viene mi tío de Catamarca para llevarnos en auto. Vamos a casarnos”, agregó sin necesidad.
Carmona hizo un cálculo rápido: dieciocho años casi por cumplir el muchacho, diecisiete la chica. Evidentemente no tenían plata para un hotel; debían haberse escapado juntos, con el sostén de ese tío de Catamarca. Pero no era asunto suyo, sino de las familias, aunque el hombre pensó en sus dos hijas adolescentes y tuvo un escalofrío. Lo que sí podía hacer era evitarles males mayores.
-“Este es un lugar muy peligroso, chicos. Esos dos, por ejemplo, son tratantes de blancas, y ya le pusieron el ojo a su novia”, agregó dirigiéndose a Hernán. “Termino mi turno dentro de un rato, cuando llegue mi relevo, y puedo llevarlos hasta la Comisaría. De noche hay varias oficinas que no se usan, pueden quedarse ahí y a la mañana encontrarse con su tío”.
–“¿Y puedo también hablar por teléfono?”, arriesgó Hernán.
–“Sí, puede, si el oficial de servicio cierra un ojo. Y si no puede salir y hablar desde un teléfono público. De paso llame a sus padres, para que se queden tranquilos; yo sé lo que es tener hijos”.
Los dos quedaron muy embarazados, y el cabo aprovechó para tomarlos del brazo y llevarlos hacia la puerta. Unos minutos más tarde entraban en la comisaría. El oficial de servicio reaccionó con indiferencia, estaba acostumbrado a los manejos de ese cabo de corazón tierno, y a sus protegidos.
“Son dos que van a Catamarca a casarse, creo que sin que los padres lo sepan, pero hay un tío allá que se hace cargo; estaban el Tuerto de barrio Güemes y su compadre, y miraban a la chica con ganas, por lo que me pareció preferible tenerlos aquí hasta que el tío llegue a buscarlos”. El oficial asintió, nada de registro. Los observó, y algo le vino a la memoria; se sentó en su escritorio, revisó los télex que habían llegado, y encontró las descripciones: los dos estaban buscados por los federales. No se los acusaba de delitos, el télex decía “extraviados”, como si fueran valijas; daba un teléfono al que llamar si los encontraban y un nombre, el del oficial Luciano Mihailescu. Los federales no se ocupaban habitualmente de menores fugados o desaparecidos, esta era una comunicación irritual, pero últimamente llegaban télex aún más extraños. Llamó al cabo de guardia y le ordenó que pusiera a los dos en una oficina, que no les permitiera hablar por teléfono ni salir del edificio hasta que él no lo indicara.
Media hora más tarde, después del cambio de turno, llamó Mihailescu, y dijo al comisario, que había apenas tomado servicio, que estaba saliendo para Córdoba, que lo esperara para la nochecita, y que mientras tanto debía retener, separados, a los dos enamorados. “No están arrestados”, precisó, “sino demorados para su protección. Pero ojo que no se les escapen, lo hago responsable”. El comisario no se soñó siquiera discutir la orden; faltaba poco para el golpe de 1966, y el ambiente no estaba como para enemistarse con la Federal. El hombre intentó explicar que, de día y en plena actividad, no tenía espacio para dos personas separadas. Mihailescu le contestó que podía usar también las celdas.
El comisario llamó a un agente y le ordenó que pusiera al muchacho en un calabozo vacío, y a la chica en la sala de interrogatorios; le indicó que los tratara con cuidado, porque no estaban acusados de nada, sino simplemente demorados. El agente los encontró abrazados en un sillón desvencijado, mirándolo aterrorizados.
-“Usted venga conmigo”, dijo tomando a Hernán de un brazo. Jazmín lanzó un grito y se abrazó al muchacho todavía más fuerte.
–“No hagan las cosas más difíciles”, insistió el policía, “miren que no les va a pasar nada. Tengo orden de separarlos, simplemente”.
–“Por qué”, dijo Hernán, “si no hicimos nada. Queremos irnos, como nos prometió el cabo”.
–“Yo tengo órdenes y basta, pero creo que vienen a buscarlos sus padres desde Buenos Aires”. Al sentir eso los dos enamorados se resistieron desesperadamente; otros dos agentes fueron en auxilio del primero, desanudaron sus brazos y los inmovilizaron.
Jazmín producía un aullido agudo, casi sin respirar, pateaba y arañaba al policía que trataba de sujetarla, que reaccionó doblándole un brazo en la espalda y empujándola sin miramientos. Hernán se debatía entre los dos policías que le aferraban los brazos como si fuera víctima de un ataque de epilepsia, y emitía un rugido entrecortado, impresionante. Acudieron todos los policías, incluyendo el comisario, hasta que los dos jóvenes se encontraron en el centro de racimos humanos sudorosos. Con gran trabajo consiguieron meter a la chica en la sala de interrogatorios, mientras otro grupo arrastraba Hernán a través del patio interior, hacia una de las dos celdas del fondo, donde lo encerraron. Volvieron a sus tareas con los rostros enrojecidos, con alivio y a la vez con vergüenza, un sentimiento que en los años sucesivos habrían tenido la posibilidad de olvidar.

4 comentarios:

  1. Disculpen la crueldad de este autor con sus personajes, pero el amor no era siempre cosa fácil en la Argentina de los años 60, poco antes del golpe militar del 66.

    ResponderEliminar
  2. Sin dudas este episodio nos hace recordar muchas cosas. Es curioso, hasta el momento, quiero decir leyendo los anteriores capítulos (y pese a que se consignaban datos, fechas y lugares), ubicaba la historia en un imaginario impreciso, una trama que podía desarrollarse en cualquier período del tiempo. En el caso de este capítulo la admósfera está lo suficientemente bien lograda como para no dudar de que se trata de mediados de la década del sesenta. IH.

    ResponderEliminar
  3. En esta epoca las razias (no se si se escribe asi) de la policia en los boliches era muy comun y me toco por supuesto solo que yo que habia salido sin permiso a bailar y sin documentos medio kamicase fui a parar tambien a la policia y una noche de terror hasta que te dejaban hablar para que venga un familiar a buscarte ...deci que tengo un apellido dificil y no nunca lo pudo escribir el oficial ....pero se del terror de estar ahi

    ResponderEliminar
  4. Vivíamos en una sociedad policial y apenas nos dábamos cuenta. Los canas eran parte normal del "paisaje". Hay quien añora esto...

    ResponderEliminar